LIBROS
«El libro tiene tanta erudición como diversión, esa fórmula mágica que huye de lugares comunes y que completa los conocimientos con salero»
Antonio Jesús García y Ramón García
Todo es flamenco rock
EFE EME, 2025
Texto: CÉSAR PRIETO.
Cuando me llegó el paquete con la nueva referencia de la editorial Efe Eme, Todo es flamenco rock, pensé: «¡Qué barbaridad!». No tanto por el número de páginas —que me he enfrentado a libros mucho más extensos—, sino por la información que parecía contener. La lectura del primer capítulo ya me lo dejó claro. Era mucha, si no toda, en un volumen que intenta recoger las conexiones entre el flamenco y las músicas anglosajonas, es decir, entre lo que los españoles tenemos asentado genéticamente y los aires que venían de fuera. Y son muchos, muchísimos, los puntos de conexión.
En esencia, hay tres grandes hitos a los que los dos García —que aunque nacieron ambos en Almería y se apellidan igual no son hermanos— dedican un espacio un tanto mayor: Triana, La leyenda del tiempo y Omega. Son las ocasiones en que la unión de flamenco y rock pegó un salto cualitativo. Nadie pudo quedar indiferente hacia esos discos, aunque fuera para defenestrarlos. Y después, de manera transversal, destaca el disco de Joe Beck y Sabicas, allá por los Estados Unidos, que me da en la nariz que es más citado que escuchado.
Fuera de estos tres hitos, la exposición es cronológica. Y, en todo caso, no empieza con rock, empieza con jazz, con los experimentos de Miles Davis; pero pronto pasa a flamencos que, en tiempos prehistóricos, cuando todo era más difícil, mezclaban sus tonadas con swing, twist o yenka. Sobre todo, los autores se asombran de Emi Bonilla, que mete la beatlemanía en el flamenco por bulerías o rumbas, mucho antes que Los Manolos. Y que hasta llegó a actuar en la BBC junto a ellos.
Cuando los rockeros encuentran el flamenco, ya sube el volumen de todo. Ahí están los Tomcats, pioneros en unir copla y rock, cuyo análisis se acompaña de una entrevista a uno de sus componentes —habrá más entrevistas en el volumen—, que nadie se ha preocupado nunca de encontrar. El estilo cuenta con verdaderas joyas olvidadas. De los sesenta, también dedica espacio a la rumba rock, que se suele llamar rumba catalana, y que no es una variante de la rumba flamenca, sino la verdadera unión de Elvis Presley y Pérez Prado.
También dedica espacio al rock psicodélico o progresivo, que tiene retales flamencos. Y empieza con grupos extranjeros como Love, Pink Floyd, Deep Purple y, sobre todo, The Doors, que en los sesenta solo tuvieron respuesta en grupos de aire más pop como Los Cheyenes o Módulos. Ahora, en los setenta la cosa cambia con la aparición de Smash y otras bandas más desconocidas, en un relato que empieza a estar trufado de anécdotas, como aquella en la que José Luis Álvarez se cree el creador del rock andaluz. Todo esto, en paralelo a grupos más pop, como Los Puntos y su “Llorando por Granada”, que no ha dejado de ser versionada hasta nuestros días.
Y aquí ya entra el rock andaluz, la conexión catalana con Toti Soler y Joan Albert Amargós y los crímenes contra el flamenco propiciados en el extranjero, como el grupo Carmen, que le dio una pátina de glam; lo que se llevaba en la época y lo que también influyo seguramente en Las Grecas.
A mediados de los setenta triunfó su productor, José Luis de Carlos y lo que se llamó Sonido Caño Roto, meten en ese saco a Trigal —enormemente recuperables—, a los Chorbos y a El Luis. Y a grupos de chicas que siguieron la estela de Las Grecas y tienen algunas canciones muy potables, Las Deblas o Morena y Clara. Y también montones de registros, por ejemplo, los de Tony el Gitano, al que plagiaron Los Chichos su canción “El fracaso” para apropiársela como “La historia de Juan Castillo”. De ellos y de Los Chunguitos también se habla.
Y por supuesto, ya acabando los setenta, de Lole y Manuel, María Jiménez y Dolores. Y de los seguidores de Triana, como Alameda o Medina Azahara, o de la irrupción como un ciclón de Veneno, que se escindió en Pata Negra y en Kiko, que sufrió en los ochenta su travesía del desierto. Unos ochenta que poca cosa nos puede ofrecer. En la Nueva Ola, Gabinete Caligari y Los Coyotes tienen algún deje, y poco más, si obviamos el desacomplejado “Arriquitaún” de Laín. Si pasamos a la segunda mitad, alguna canción apunta maneras flamencas en los olvidados Los Mestizos, 091 o Tam Tam Go. Otros grupos punk o heavies, eso sí, incluso extranjeros, participaron de algún destello flamenco. Y el milenio anterior se cierra con un recuerdo a mi adorada Cathy Claret, La Barbería del Sur, El Barrio o Mártires del Compás.
El 2000 supuso la llegada de Estopa, y el segmento indie, en el que Los Planetas han ido derivando cada vez más a una estética en la que el flamenco ocupa la base de la canción. A partir de este momento, la amplitud de tendencias se extiende de manera extremadamente rápida. Hay herederos de Kiko Veneno como Los Delinqüentes o Muchachito Bombo Infierno, raperos como La Mala Rodríguez, secretos a voces como Niño de Elche o simplemente fenómenos mundiales como Rosalía. Incluso aparecen discos que tienen apenas unos pocos meses de vida.
El libro tiene tanta erudición como diversión, esa fórmula mágica que huye de lugares comunes y que completa los conocimientos con salero. Ese salero que te pone como loco a buscar canciones, pero no solo para quien esté interesado en el pop y el rock español, ni en el flamenco. Aquí buscarán canciones todos aquellos a los que les guste la música, sin condicionantes.
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Anterior crítica de libros: Bar Urgel, de Pablo Gallego Boutou.