Sobre listas, efemérides, Al Kooper y Bryan Ferry (Have mercy on me)

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LA ESPUMA DE LOS DÍAS

Foto de Al Kooper: JOE MABEL (Wikipedia). Foto de Bryan Ferry: EVA RINALDI (Wikipedia).

«Para disfrutar mejor la música, para entender el arte y la vida, es imprescindible transitar del presente al pasado, establecer vasos comunicantes y descubrir líneas invisibles espacio temporales entre artistas, géneros, canciones y entre todos ellos y la sociedad que les rodeaba»

 

Esta semana, Luis Lapuente se asombra de lo fácil que les resulta a muchos sentar cátedra acerca de lo divino y lo humano, de música, de política o de lo que sea: lo que antes hacían a cara descubierta en la barra del bar, ahora lo regurgitan escondidos en el anonimato de las redes sociales.

Una columna de LUIS LAPUENTE.
Foto de Al Kooper: JOE MABEL (Wikipedia). Foto de Bryan Ferry: EVA RINALDI (Wikipedia).

 

Hace unos días, un diario de tirada nacional lanzaba a bombo y platillo su lista con los supuestamente cincuenta mejores álbumes nacionales de los últimos cincuenta años. Independientemente de la opinión que cada cual tenga sobre esa poco afortunada selección con vocación de canónica, las redes sociales (de las que decidí huir hace años) empezaron a inflamarse con toda suerte de descalificaciones, listados alternativos y soflamas a cuál más disparatada y procaz, al más puro estilo tabernario, tanto, que algunos parecieran a punto de embarrarse en un vómito etílico de blasfemias y cánticos regionales.

El editor de esta revista y yo nos limitamos a intercambiar algunos mensajes privados manifestando nuestro estupor ante algunas clamorosas ausencias y presencias, y ante el cuidadoso reparto de cuotas (de raza, sexo y lengua) que se vislumbraba detrás de la cocina de dicho inventario; pero no perdimos más tiempo del necesario en compartir nuestra opinión acerca de, por ejemplo, el sobrevalorado Enrique Morente, o nuestra devoción por Remigi Palmero y su elepé Humitat relativa (Pu-Put!, 1979) y por el álbum (Sony, 2006), de Serrat, que nos vuela la cabeza, como diría el gran Miqui Puig (ambos, claro está, ignorados en la susodicha lista).

Y es que, pontificar en público sin ninguna vergüenza, no ya sin el necesario ejercicio de reflexión y contención, es lo que se lleva, lo que mola, «aquí estoy yo, a ver qué te habías creído». Ya nos avisaba al respecto en 1943, en una de sus famosas charlas radiofónicas para la BBC (compiladas en el libro Mero cristianismo, que publicó Rialp en español) el profesor de Oxford C.S. Lewis, autor, entre otras obras, de Las crónicas de Narnia: «Desde que serví como segundo teniente de Infantería en la primera guerra mundial he sentido una gran antipatía por los que, hallándose cómodos y a salvo, lanzan exhortaciones a los que se encuentran en la línea de batalla».

Aficionado como es uno a elaborar listas personales e intransferibles, sin ninguna otra vocación que la de utilizarlas como puro divertimento —a la manera del protagonista del libro de Nick Hornby, Alta fidelidad—, y acaso, mover la curiosidad de algún amable lector que se aventure a cotejarlas, no he podido resistir la tentación de señalar algunas novedades de los últimos meses que han despertado mi curiosidad o me han conmovido. Por ejemplo, el siempre interesante Jake Xerxes Fussell, cuya página de Bandcamp es una mina no suficientemente explotada, y que acaba de regalarnos una deliciosa versión del tema de Arthur Russell “Close my eyes”, con música y versos de una belleza transparente: «Cierro los ojos y escucho / cómo brota el maíz. / ¿No oyes las estrellas que brillan/ mientras entramos y salimos? / (…) Crecerá un poco el maíz esta noche / mientras te espero en los campos. / Quién sabe lo que crece cuando se acerca la luz de la mañana, / cuando podemos sentir el rocío acuoso».

Arthur Russell (1951-1992), por cierto, es uno de esos artistas olvidados que merecería una revisión en toda regla, compositor, intérprete y multiinstrumentista de talento omnívoro, personaje singular, de vida atormentada, que empezó su carrera acompañando como chelista a Allen Ginsberg y cuyas producciones podrían clasificarse tanto en el campo del folk como en el del vanguardismo no wave, la música disco o el pop experimental. Durante su breve trabajo como director de The Kitchen, esa prestigiosa institución neoyorquina que patrocina el minimalismo y las performances multimedia, Russell se atrevió a programar a los Talking Heads y a los primitivos Modern Lovers de Jonathan Richman, en contra del criterio de buena parte de los habituales del centro. Esto ocurrió hace cincuenta años, una de esas efemérides que tanto juego nos dan a los periodistas, musicales o generalistas.

Hace más o menos cinco décadas también, andaba haciendo de las suyas Bryan Ferry (que cumple 80 años el próximo 26 de septiembre, más efemérides), preparando su tercer álbum en solitario, el memorable Let’s stick together (Virgin, 1976). Siempre sentí debilidad por Ferry, como por sus excompañeros en Roxy Music, Phil Manzanera, Andy McKay y sobre todo Brian Eno, una simpatía más acrecentada cuanto más se le miraba por encima del hombro desde los círculos más, digamos, ilustrados de la inteligencia del rock, que ya le catalogaron de paria cuando debutó en 1973 con aquel absolutamente maravilloso disco de versiones (These foolish things). No sé si a Bryan Ferry le huele el aliento, como cantaban Siniestro Total en una de sus benditas piezas irreverentes (“Más vale ser punkie que maricón de playas”), pero sí que nunca ha dejado de firmar trabajos interesantes, a veces arriesgadas incursiones en cancioneros ajenos, como As time goes by (Virgin, 1999), Dylanesque (Virgin, 2007) o The jazz age (BMG, 2012), o como el que está a punto de ver la luz, Loose talk (Dene Jesmond Records, 2025). Un pasmoso ejercicio de estilo en el que el bueno de Bryan se limita a adornar con su música los recitados de la pintora y poeta escocesa Amelia Barratt, recordando por momentos a detalles del último álbum de Bowie, al ambient de Brian Eno con pinceladas de blues esquelético y al espíritu rompedor de los primeros Roxy Music, que el propio Ferry ya emuló en la única composición inédita (la deslumbrante “Star”) del cofre Retrospective: selected recordings 1973-2003 (BMG, 2024).

Para disfrutar mejor la música, para entender el arte y la vida, es imprescindible transitar del presente al pasado, establecer vasos comunicantes y descubrir líneas invisibles espacio temporales entre artistas, géneros, canciones y entre todos ellos y la sociedad que les rodeaba. Quizá esa sea una de las labores vocacionales de quienes escribimos de música o la pinchamos en la radio, escudriñar el contexto, desbrozar la maleza, delinear el paisaje donde cada uno acierte a encontrar un lugar confortable donde abandonarse al poder inmaterial de la música. No se trata de sentar cátedra ni establecer cánones imposibles, ni de contraponer lo que llaman actualidad con lo que dicen que es nostalgia, una falsa disyuntiva que, me temo, tan solo preocupa a los críticos.

¿Es nostalgia aprovechar que ahora se cumplen sesenta años de la edición del Bringing it all back home, de Dylan, para recrearse otra vez en la formidable declaración de independencia musical y personal que destilan canciones rabiosas como “Subterranean homesick blues”, “It’s alright, ma (I’m only bleeding)” o “Maggie’s farm”? ¿Hay nostalgia o hay actualidad y vanguardia en las dos canciones (“ICNBYH” y “My 45”) que conocemos del tercer álbum (Ridin’) del músico chicano Cuco, sendas baladas soul de aires doo wop tamizadas por el hip hop callejero de los barrios del este de Los Ángeles, donde un día floreció el llamado brown eyed soul? ¿Es más vanguardista (o más nostálgica) la música de Max Richter, la de John Coltrane, la de Grateful Dead, la de John Fahey, la de Swamp Dogg o la de Antonio Vivaldi?

En fin, no quiero terminar sin dejar constancia de mi particular lista de quince discos (o canciones) favoritos ahora mismo, los que más escucho las últimas semanas, los que me han inspirado para escribir estas líneas, una lista encabezada por los dos extraordinarios últimos álbumes de Al Kooper, de quien no me resisto a transcribir una anécdota publicada en mi libro Conversaciones con Teddy Bautista: «Al Kooper era un fiera. Le conocí años más tarde, yo creo que en 2004 o 2005, en una gala que organizó el Berklee College of Music para recaudar fondos, ya sabes que siempre tuve mucha relación con esa gran escuela de Boston. Lo hicieron en un hotel muy grande que hay en Boston, con muchos invitados, ponentes, cantantes, y en cada sala había un tipo de músicos: hip hop, soul, rock, cantautores… Al Kooper estaba anunciado en una de las salas y, claro, no me lo podía perder. Al terminar su actuación, me presenté como miembro del consejo de administración de Berklee y fan suyo de toda la vida. “Pues debes ser el único que hay aquí, porque he tocado todas mis canciones y nadie las conocía”, me contestó con una media sonrisa. El tipo llevaba una banda impresionante. Me preguntó si yo era músico o profesor, y le dije “no, no, ni músico ni profesor, en el momento actual dirijo una entidad que gestiona los derechos de autor en España”. “¡Ah, muy bien!”, saltó como un resorte: “yo vivo de eso, vivo de los derechos de autor, porque las actuaciones dejan poco dinero, ya sabes, suelo cantar en locales pequeños, y los discos no dejan prácticamente nada; la suerte que tengo es que algunas de mis canciones se siguen tocando y escuchando en las emisoras de radio”. Seguimos charlando un rato y le conté el caso de Ricardo Ceratto, un argentino que vino a España y se ganaba la vida razonablemente, pero empezó a tener problemas de salud y la SGAE le estuvo ayudando. Juan Nebreda, el director de socios, gestionaba los anticipos para echarle una mano, hasta que entró en un período complicado, y vivía casi en la indigencia. Bueno, pues a los pocos meses, Julio Iglesias cogió un tema suyo, “Me va, me va”, lo convirtió en un éxito mundial y Ricardo pasó de esa situación tan apurada a ganar una fortuna. Kooper me preguntó entonces si conocía a Julio Iglesias. “Sí, claro”, le respondí. Y al terminar nuestra conversación, me dijo: “Oye, ¿por qué no le dices a Julio Iglesias que tengo algunas canciones que le pueden interesar?, a ver si las graba y me hago millonario…”. No quise desengañarle, pero la verdad es que no veo a Julio cantando una de Al Kooper…»

1. Al Kooper – Black coffee (Favored Nations, 2005)
2. Al Kooper – White chocolate (Sony, 2008)
3. Bryan Ferry – Loose talk (Dene Jesmond Records, 2025)
4. Isaac Hayes – Hot buttered singles 1969-1972 (Ace, 2024)
5. Andrew Bird Trio – Sunday morning put-on (Loma Vista, 2024)
6. Bob Dylan – Bringing it all back home (Sony, 1965)
7. Varios artistas – Jazz in Polish cinema/Out of the underground 1958-1967 (Jazz on Film Records, 2014)
8. Serge Gainsbourg – “Le poinçonneur des Lilas” (Philips, 1958)
9. Haruomi Hosono – Hosono Box 1969-2000 (Daisyworld Discs, 2000)
10. Jake Xerxes Fussell – “Close my eyes” (Fat Possum, 2025)
11. Teddy Bautista – Ciclos 5.0 (Altafonte, 2025)
12. Cuco & Jean Carter – “My 45” (Interscope, 2025)
13. Durand Jones & the Indications – “Been so long” (Dead Oceans, 2025)
14. Varios artistas – The Chiswick story (Ace, 1992)
15. Van der Graaf Generator – H to he, who am the only one (Charisma, 1970)

Si no les gustan o no les interesan mis debilidades musicales, no se preocupen ni despotriquen, es solo un divertimento, aprovechen para elaborar su propia lista y disfrutarla. Eso sí, como cantaba mi amado Don Covay y luego repitió Mick Jagger: «Have mercy, have mercy on me».

Anterior entrega de La espuma de los días: Cinco años sin Bill Withers.

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